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  RESILIENCIA
 
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA LATINOAMERICANA







El Proyecto



Esta investigación se propone dos objetivos: describir los aspectos jurídicos, psicológicos y sociales relacionados con el secuestro; e identificar los recursos para superar el trauma que los afectados pusieron en práctica, aspecto conocido como resiliencia. Se trata de una investigación cualitativa, con enfoque histórico interpretativo, orientada a comprender cómo las víctimas del secuestro vivieron el drama y se readaptaron a la vida en sociedad. El proyecto no pretende hacer generalizaciones a partir de los resultados obtenidos, sino comprender las experiencias de estas personas, lo cual es viable cuando se conocen los significados que ellas mismas les atribuyen.


¿Qué es la Resiliencia?



Es el ejercicio realizado por una persona para superar el trauma o la adversidad, en este caso la privación forzada de la libertad —secuestro—, asunto de contenido social y emocional que en Colombia ha llegado a convertirse en noticia cotidiana por su alta frecuencia.

El secuestro ha sido considerado un delito tan grave como el homicidio, mientras éste consiste en quitar la vida destruyendo toda posibilidad de existencia, en el secuestro se anulan los planes y proyectos de vida del individuo, se atenta contra su libertad y desarrollo personal; lo más grave es que para llevarlo a cabo el victimario tiene que proceder como “ un cuidador” para que su víctima no muera, ambivalencia que en ocasiones da origen al síndrome de Estocolmo. (Hoyos, 2014, p. 15)

En uno y otro caso, la víctima disminuye su respuesta frente a la vida y debe tener recursos psicológicos suficientes para ser resiliente. En el presente artículo se observa cómo se expresa la “capacidad humana universal” —así descrita por Edith Grotberg, 2002— en los entrevistados durante el trabajo de campo.


Análisis de trabajo de campo



El trabajo de campo se llevó a cabo mediante relatos de vida de 25 exsecuestrados escogidos aleatoriamente sin tener en cuenta edad, sexo, residencia, grupo que los retuvo ni tiempo de retención, ya que lo importante para la investigación es la capacidad del sujeto para superar la adversidad. El enfoque facilita la revisión de una dinámica de experiencia personal, que se lee también de forma comparativa a partir de dichos relatos, los cuales se asumen como unidades de análisis que se interpretan identificando núcleos temáticos y construyendo campos semánticos para el análisis.

Michel Manciaux expresa en su obra La resiliencia: ¿Mito o realidad? (s. f.):

A pesar de traumas graves, incluso muy graves, o de desgracias más comunes, la resiliencia parece una realidad confirmada por muchísimas trayectorias existenciales e historias de vida exitosas. De hecho, por nuestros encuentros, contactos profesionales y lecturas, todos conocemos niños, adolescentes, familias y comunidades que “encajan” shocks, pruebas y rupturas, y las superan y siguen desenvolviéndose y viviendo —a menudo a un nivel superior— como si el trauma sufrido y asumido hubiera desarrollado en ellos, a veces revelado incluso, recursos latentes y aun insospechados.

Se tiene en cuenta que no todos los secuestrados son resilientes, como no lo son todos los integrantes de una comunidad, dadas las diferencias individuales, como lo indica este testimonio:

A mí el secuestro me marcó, yo no he vuelto a ser el mismo… Vivo lleno de miedo y de temor, siento que me van a coger otra vez. No he podido dormir ni en mi cama ni en mi cuarto, lo hago en una hamaca para sentir que si estoy allá, no tengo por qué temer… Mi vida afectiva y sexual se acabó… es la incapacidad la que me domina.

Un efecto psicosocial del secuestro es el empobrecimiento o aniquilamiento de la vida afectiva; es como si se hubiera perdido el contacto con la realidad familiar:

Mi hija me dice que por qué me mantengo tan lúgubre, tan caída, que no le encuentro gusto ni sentido a la vida; y es verdad: ya toda ilusión murió para mí… Es como si estuviera encerrada en un sótano o en una casa sin ventanas. No quiero hablar con nadie.

Las habilidades sociales, fruto de la interacción con los otros, permiten al sujeto una vida gratificante y comunicativa; pero cuando esto no es posible, no queda más que el aislamiento patológico, donde no se encuentra una salida. Se evidencia lo anterior con este testimonio: “No he podido salir adelante, es un infierno vivir, siempre estoy pensando en el martirio que fue mi secuestro lleno de privaciones, de angustia, de resentimiento...”

Quedarse en el pasado es una de las posibles consecuencias del secuestro, en el que la no superación del trauma remite al sujeto a una existencia vacía. Nadie puede ser feliz si no puede trascender los hechos negativos de su vida. Un exsecuestrado lo hace evidente:

Lo que quiero es morirme, nada me motiva, nada me llama la atención, ni mi esposa, ni mis hijos, ni el trabajo, por ello no volví a trabajar. Me van a quitar la casita por las deudas y me da igual. Es que yo soy como un zombi, no sé cuándo dejaré de serlo.

Para una persona perder el sentido de vida, aquella facultad que le permite al hombre emocionarse, tener sueños y ser agente activo de su propio desarrollo, significa la peor de las pérdidas. Otras narrativas ponen rostros y nombres a algunos secuestrados que no fue posible contactar, pero que en sus cartas pintan el dolor del cautiverio:

Esto es un infierno, usted no se puede imaginar el trato, las amenazas, la comida, la peste de la selva… Lo que diga es nada en comparación con tanto sufrimiento. El tiempo parece suspenderse, los días pasan sin pasar, la nostalgia no me deja...

Cuenta María Teresa que su hermano, liberado un año después, no soportó el trauma que le dejó el secuestro y se suicidó. Igual desenlace narró Lucía, la esposa de Nicolás, quien no pudo volver a ser el mismo después del cautiverio:

Jamás salió a la calle, no recibía visitas, vivía en permanente zozobra y en las noches era incapaz de conciliar el sueño. A los hijos no los determinaba a pesar de haber sido un padre muy cariñoso, era un extraño en su propio mundo… Tuve que soportar hora a hora, día a día, su indiferencia, su ausencia que me dolía más que la del secuestro porque estaba y no estaba. Nunca quiso volver a la finca donde fue tan feliz; y esto lo desubicó aún más hasta que un día partió para siempre con una sobredosis de medicamentos que le habían prescrito para la depresión.

“La mirada científica, los reportes estadísticos y los estudios epidemiológicos sobre trauma se han centrado en las víctimas directas, aquellas personas que lo experimentan en carne propia, como si fuesen ellas las únicas en riesgo” (Navia & Ossa, 2001). Sin embargo, es claro que “el impacto psicológico del trauma no puede reducirse a quienes lo viven directamente; sus consecuencias, constructivas y patológicas, se extienden hacia el medio social inmediato, familia y allegados” (Ibíd.).

No pocas víctimas de secuestro reportan haber sido violadas, acosadas sexualmente y torturadas con palabras obscenas y maniobras denigrantes:

Él aprovechó el momento en que me encontraba sola y me rompió la ropa sin consideración, accediéndome sexualmente con brutalidad. Nunca sufrí tanta humillación y tanto dolor físico y moral. Me sentí como un objeto, como algo despreciable, sucio… Es terrible verse en manos de un atarbán, un monstruo…

La violencia sexual es un factor estigmatizador que incide en la baja autoestima, el retraimiento familiar y social, la pérdida del deseo sexual, así como en la incapacidad para superar el trauma. El impacto inmediato de la victimización y las repercusiones a largo plazo en la salud mental son consecuencias que no se pueden desconocer. Solo los factores protectores personales y del entorno pueden amortiguar el impacto de la agresión sexual. Dice Emilio Meluk en El secuestro, una muerte suspendida (1998):

El maltrato psicológico se expresa especialmente por medio de las reiteradas amenazas de muerte. El amedrentamiento, la manipulación de los estados emocionales del plagiado y la vigilancia permanente, aún para llevar a cabo las necesidades fisiológicas; también se da con desinformación sobre el desarrollo de las negociaciones y sobre el conocimiento que tienen de la vida familiar del secuestrado.

Dice Meluk (1998): “En todos los secuestros son constantes las incomodidades de los cambuches y sitios de reclusión, la deficiente alimentación y el encerramiento”. Así lo evidencia otra víctima:

Me mantuvieron amarrado con lazos y me tapaban la boca con un trapo, todo el tiempo me amenazaban diciéndome que yo iba a pagar las consecuencias si mi padre no les colaboraba con la plata de las vacunas que semanalmente le cobraban por manejar un bus de transporte público en el barrio…

El relato de otro exsecuestrado también deja ver condiciones infrahumanas: “Me encontraba en un lugar debajo de la tierra, no me podía parar del todo ni acostar recto”. Estas condiciones producen un deterioro evidente en la salud física de la víctima. Por ello, los sometidos a cautiverio una vez liberados “presentan cambios en su salud, siendo los problemas gastrointestinales y la pérdida de peso (en promedio pierden 10 kilos en cautiverio) los más frecuentes”

Otro ex secuestrado narra:

Me secuestró el grupo guerrillero que operaba en la vereda San José de Apartadó porque no quise unirme a ese frente voluntariamente. De la finca al campamento estuve atado a unos palos que tenía que llevar en la nuca y cuando llegué al campamento me amarraron a un árbol con cadenas. Por varios días trataron de convencerme de su ideología y justificando sus actos y la existencia de su grupo para que yo me uniera a “su lucha”, pero al ver mi resistencia empezaron a torturarme, primero me golpearon y luego me amenazaron con torturas peores como arrancarme las uñas, cortarme la lengua, sacarme los ojos; al ver esa situación yo accedí a lo que querían, porque no estaba dispuesto ni a morir ni a sufrir más”.


Cuando se puede



Describir el horror no es tan cruel como vivirlo. De ahí la dificultad que presentan los plagiados una vez liberados para volver a su realidad cotidiana. De otra parte y en un contexto diferente, las habilidades para resolver problemas, ser autónomos, proyectarse en el futuro y ser afectuosos, características propias de la resiliencia, se pudieron observar en algunos informantes que dieron cuenta de ello. La resiliencia surge así de la interacción entre los factores personales y sociales, y se manifiesta de manera específica en cada individuo. María José expresa:

No sé de dónde saqué fuerzas pero fui capaz de sentirme yo misma, en mi casa, con mi familia, con mis amigos, como si hubiera renacido para emprender una nueva vida. Encontré que era capaz de amar, de relacionarme, de trabajar a pesar de todo y por sobre todo, claro, después de un tiempo… mucho tiempo de sufrimiento y dolor.

Un joven universitario lo manifiesta en su estado de ánimo, mientras en su rostro se lee la satisfacción del logro, aunque es claro que no existe negación frente a lo sucedido. Es, más bien, la plataforma desde donde se quiere lanzar para continuar su vida que hoy “no siente suspendida”. Otra víctima manifiesta: “En los primeros días después del secuestro, la forma de vida sí estaba afectada por el miedo de ser secuestrado nuevamente o que secuestraran a un familiar, pero después todo volvió a la normalidad”. Y un hombre de treinta y un años, afirma:

Mi nuevo mundo familiar llenó mi vida no obstante las secuelas del secuestro, pero yo no quería seguir perdiendo el tiempo y por ello resolví seguir a pesar de todo, recomponiendo mi situación, agarrando el tiempo para que no se me fuera y poder ver algo productivo. Estuve diez años retenido, que al menos no fueran en vano.
Pensé que no sería capaz de volver a sonreír, de sentarme a conversar con mis amigos, de echar chistes y pasar ratos amenos… Pensé que todo se había acabado, pero encontré que fui capaz de superarme, de hacer una revisión y entender que eso (el secuestro) ya concluyó, que estoy en una nueva etapa de mi vida, que soy capaz de proyectarme al futuro…


Vivir nuevamente es una experiencia de reconstitución psicológica que hace decir a Ligia: “Me puse enfrente de mi trabajo, de mi responsabilidad como ser humano, y me di la oportunidad de vivir nuevamente”. Sobre la recuperación de la capacidad afectiva de dar y recibir amor, ella misma da a entender que es una fuerza interior que se adquiere cuando “soltamos las ataduras…y damos rienda suelta a la expresión de los sentimientos”.

Otro factor que apoya la resiliencia es el trabajo. Su importancia se ve reflejada en la superación del trauma del secuestro: “Meterme totalmente en el trabajo, con tesón, con perseverancia, con interés”. Porque el trabajo dignifica al hombre, hace parte de su proyecto de vida y le da visión diferente sobre las cosas, las situaciones, los acontecimientos. Pero el trabajo solo no es suficiente, se requiere un compromiso personal y una decidida vocación de tolerancia consigo mismo para no dejarse desmoronar psicológicamente: “El hecho de saber que podía ocuparme en algo útil fue el mejor medio para salir de esa depresión y desespero que sentía estando encerrado en la casa”. Sobre el particular, Lecompte (2003, p. 210) indica:

La intensidad de la negación disminuye progresivamente y ésta desaparece en algunas horas, a veces en días o semanas… Es evidente que negar el pasado no hace que se pueda anular… Solo reconocerlo permite romper las cadenas que encierran en él.


Otros impactos



Desde otra dimensión, durante el secuestro la persona no es autónoma, el victimario le resuelve todo: sitio para dormir, comida, horario, encadenamiento, caminatas y sitio de llegada. ¿Cómo poder ser autónomo sin libertad? Prácticamente, durante el cautiverio hay un desaprendizaje de esta facultad humana que hace al hombre responsable y libre: “Me quise morir, sí morir, ya no era posible satisfacción alguna, estaba privado de todo hasta de mí mismo. ¿Para qué vivir así?”, dice otro exsecuestrado.

Uno de los efectos psicosociales del secuestro es la disminución o pérdida de habilidades sociales, lo que en el individuo provoca malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de su actividad, como la comunicación, el liderazgo, la capacidad de trabajo en equipo y la tolerancia, entre otras. Dado que la mayoría de los deseos u objetivos que el hombre se propone en la vida dependen de la participación de otras personas, las competencias sociales se tornan cruciales para alcanzar o concretar esos deseos u objetivos.

Guillermo fue capaz de superarse y por eso expresó acerca de las habilidades sociales:

Volví de la muerte y pensé que sería incapaz de retomar todo lo mío, pero por sobre todo de “reinstalarme socialmente”, porque tenía ese temor hasta de mirar a la gente. Para mí la gente era una amenaza, la veía como enemiga, no quería hablarle, hasta que me di cuenta que si quería salir adelante tenía que relacionarme, comunicarme, aceptar los espacios de convivencia y empezar a realizar mis sueños y con mucho esfuerzo, pero lo logré.

Es sabido que el miedo, el temor y la zozobra acompañan a las personas que han sufrido la experiencia del secuestro. Miedo vivenciado en el cautiverio, como la emoción más constante que a veces paraliza o inhibe al sujeto: “La vida ha sido difícil porque uno siempre vive con el temor de que esa gente lo va a volver a encontrar; y yo creo que si lo hacen, me matan, porque eso era lo que hacían con quienes intentaban escapar”.

La experiencia, como se sabe, es individual e intransferible; es así como una víctima logra poner en palabras su vivencia:

La verdad no sé si he salido adelante, sé que he sobrevivido y he conseguido lo poco que necesito para vivir. No tengo ninguna motivación adicional porque lo más importante para mí en todo este tiempo que ha transcurrido después del secuestro es encontrarme nuevamente con mi mamá y mi hermana, y aún no lo he logrado porque a veces pienso que me tienen vigilado y a ellas no las quiero poner en peligro.

Los sentimientos encontrados pueden impedir una sana adaptación a la cotidianidad retomada, como el temor, la depresión por lo vivido, la angustia por el futuro que le espera, el sentimiento de minusvalía, la culpa que a veces se asume por lo ocurrido, la estigmatización, el vacío del tiempo perdido, el desarraigo, la pérdida de los vínculos familiares y afectivos, e incluso la idea suicida:

Te confieso que en muchas oportunidades he considerado la idea de quitarme la vida, porque no le encuentro sentido. Creo que siempre va a ser lo mismo, esta monotonía y esta rutina me van a matar, pero el culpable soy yo porque no he tenido las suficientes ganas de hacer algo diferente para superarlo.


El sentido de la vida, la muerte y la resurrección


La capacidad resiliente de adoptar un comportamiento social, fundamentado en la necesidad de mantener adecuadas relaciones interpersonales en los diferentes contextos, es un logro que no todo exsecuestrado consigue, dado el impacto del cautiverio; pero superada la situación traumática es posible retomar la vida que se llevaba antes. Es así como Pedro Alonso retornó a la política con gran éxito volviendo a ser el hombre brillante que era. Dice Victor Frankl en El hombre en busca de sentido (1991):

Como quiera que toda situación vital representa un reto para el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida.

Este sentido de vida es el que permite al sujeto elaborar el duelo por las pérdidas que significa el secuestro:

Yo veía la vida con más alegría y entusiasmo, casi con pasión con más aspectos positivos antes del secuestro; pero la vida se va, se pierde, es muy duro, debo aprender a vivirla con tristezas y todo, debo elaborar la pérdida, como dicen.

De esta manera, el secuestro se vive como muerte y resurrección, lo que impulsa a las víctimas a rescatar valores sobre lo humano y lo cotidiano, a darles sentido a muchas cosas que pasaban inadvertidas en el rutinario vivir. Como quiera que el secuestro no es un hecho que ocurre, daña y desaparece; que no solo produce un trauma psicológico sino que genera desconcierto en quienes lo viven, con el agravante de las deudas y la pérdida de la casa, del empleo y de las condiciones de vida, además del desplazamiento para vivir en otro sitio menos amenazante y encontrar la reacomodación familiar; todo ello se convierte, en el exsecuestrado, en una experiencia compleja muy difícil de superar. La capacidad resiliente de algunas víctimas pueden resignificarlo, hasta el punto de ser capaces de iniciar una nueva vida mediante la readaptación y la superación.

Lo más difícil de lograr es la capacidad de amar, esta requiere coraje, salirse de sí y estar dispuesto a aceptar. Erich Fromm dice en El arte de amar (1956):

Quien se encierra en un sistema de defensa, donde la distancia y la posesión constituyen los medios que dan seguridad, se convierte en un prisionero. Ser amado, y amar, requiere coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental importancia —y de dar el salto y apostar todo a esos valores.

Uno de los factores protectores que sirve a las víctimas para enfrentar la situación adversa, una vez en libertad, es la comunicación, la relación con el otro, llámese pareja, familia, amigo o socio. Solo de esta manera, quien ha sufrido esta experiencia puede trascender las palabras de quien manifestó:

No creo en nadie, la vida me ha enseñado que hay que desconfiar de todos. En el fondo, los seres humanos somos malos; y si no lo somos, las circunstancias nos cambian y resultamos haciendo cosas malas. Yo, por ejemplo, era un persona buena, que terminé haciendo cosas malas cuando estuve secuestrado porque eso me tocaba hacer si quería vivir. Entonces, creer es difícil, uno nunca sabe a qué atenerse con nadie.

Otro panorama presentan quienes afirman: “Mi vida se normalizó sin nada de temores, más o menos tres años después de lo que pasó, porque sufrí de delirios de persecución todo ese tiempo. La verdad, no era capaz de salir solo”. Otro narra que también sufrió de insomnio y de pesadillas recurrentes, y que gracias a la familia logró superar estos síntomas:

Yo reconozco que mi familia fue el apoyo más importante para mí en todo ese tiempo. La compañía que me brindaron todos y la ayuda para salir adelante fue lo que me permitió superar lo que me pasó y empezar de nuevo. Siempre que tenían temor de algo ellos estuvieron ahí conmigo. Me aconsejaban y por ellos tuve el valor de salir de la depresión en que estuve, para poder compensarlos por todo lo que hicieron por mí.

Sobre el particular, Lecompte afirma: “Una lección esencial que nos enseña la experiencia de las personas resilientes es que, aunque la mala acción deje una huella indeleble en la historia personal, precisamente es a partir de ella desde donde hay que intentar reconstruir” (2003, p. 206).

El desgarrador sufrimiento humano plasmado en estos testimonios teñidos de sangre y lágrimas, hace apreciar aún más la capacidad resiliente de algunos exsecuestrados que, a pesar de haber estado “suspendidos en el tiempo” —como lo reconocen—, logran trascender la adversidad con una admirable voluntad de lucha, de reencuentro, de rehacer la vida.


El Perdón


Hay que tener en cuenta que el perdón es un elemento esencial de la resiliencia: el perdón es no solo una actitud, sino también un estilo de vida. Actitud que implica un estado de conciencia que permite al individuo ver y asimilar las diferentes situaciones que le han causado daño, así como la disposición para perdonar. El estilo de vida, por su parte, está íntimamente asociado al desarrollo humano, un proceso de transformación que persigue el mejoramiento constante. Ahora bien, ¿qué capacidad tienen las víctimas para perdonar? Esta pregunta es importante porque no todas las personas se disponen a hacerlo; existe una cierta resistencia al perdón, bien porque implica una renuncia personal, una negación de sí mismo; bien porque consideran que la afrenta no merece perdón.

Cuando a un exsecuestrado se le preguntó sobre el perdón, respondió: “Perdonar no es fácil, pero genera una sensación importante de bienestar”, aclarando con esto que el perdón es necesario para poder seguir el camino de la mejor manera posible. También dice: “El cambio de actitud es sin duda el fruto del perdón, de esta manera se libera la mente y se fortalece el espíritu. Es como iniciar el aprendizaje desde cero, desde el vientre materno”.

Al perdonar se hace una elección: vivir sin resentimiento, superar el pasado y hacerse cargo de sí, a pesar de todo y por sobre todo. Para la mayoría de las personas, el camino del perdón es arduo: nos cuesta perdonarnos y perdonar, por muchos motivos. Según Lecompte, el perdón no solo es liberador para la persona perdonada, puede serlo más aún para la que perdona. De otra parte, es sabido —según lo indican algunos profesionales de la salud mental— que las personas que perdonan disminuyen la cólera, la depresión, la ansiedad, el retraimiento y otros síntomas asociados al secuestro.

El perdón es obra de una sanación interior que libera, que deja sin piso los sentimientos de rencor, odio, rechazo, venganza; que es necesario para alcanzar la reconciliación; pero, sobre todo, que es un efecto resiliente sin el cual no es posible hacerle frente a la historia de dolor que se trae a cuestas. Él hace ver la vida de diferente manera: privilegia el olvido sin dejar a un lado la memoria, para que nunca se repita la ignominia.
Nelson Mandela, Premio Nobel de Paz y presidente sudafricano, escribió, al dejar la Presidencia:

La mejor compensación para el sufrimiento de las víctimas y de las comunidades —y el mayor reconocimiento a sus esfuerzos— es la transformación de nuestra sociedad en una sociedad que haga de los derechos humanos por los que ellos lucharon una realidad viva. Esto es, en concreto, lo que significa perdonar, pero no olvidar. (1999)


A manera de conclusión



La resiliencia, en el marco de las nuevas concepciones restaurativas, se encuentra en pleno auge en Colombia, y puede aportar a la construcción de una cultura de convivencia y paz. Ella implica, naturalmente, el perdón, no como olvido ni negación de la ofensa, sino como el buen uso de la memoria para que no se repita la injusticia.

Cabe señalar que el secuestro es un acto que atenta directamente contra la dignidad humana. Su práctica es altamente lesiva del desarrollo personal y emocional del individuo; y, por ello, el tratamiento del concepto pretende ofrecer luces, caminos de superación y salidas posibles a esta práctica violatoria de los derechos humanos (Hoyos, 2014).



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